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Ateo, gracias a Cristo

Un tercio de los humanos del mundo son cristianos. Los hay de todos colores y sabores, pero ni uno adora a Cristo. Los post puritanos gringos creen en el dinero y en la bandera, por eso hasta los más pobres votaron por un millonario para presidente. Los evangélicos mexicanos creen en el miedo y la ignorancia, por eso piensan que Pokémon, el Aserejé y todo lo que no entiendan es del Diablo. En Sudamérica piensan que el mono y la mona dan monitos, pero en general, muy pocos escuchan el verdadero mensaje de los evangelios: Que Dios está muerto.

Si Jesucristo volviera en la forma literal en la que todos piensan que va a volver, se regresaría sin dirigirles la palabra. Quizá lo más confuso para él sería ver que todos sus seguidores usan en el cuello el instrumento de tortura en el que murió. Sobre todo, estaría muy enojado al descubrir que su mensaje de amor y tolerancia se ha convertido en sinónimo de odio hacia los inadaptados sociales, esos a los que, según él “pertenece el reino de los cielos”.

Sí, el antiguo testamento menciona un par de veces que si eres gay mereces ser expulsado del campamento y lapidado, pero también dice que no debes trabajar en sábado, y el propio Jesucristo cortaba trigo los fines de semana. Cuando algún judío sin nada mejor que hacer le dijo que estaba cometiendo una ofensa mortal, él le respondió “wey, tenemos hambre.”

Sólo un ateo entiende el mensaje central de los evangelios: que debemos cuidar unos de otros porque estamos solos en el universo; pero sólo a través de la experiencia del cristianismo podemos volvernos ateos de verdad.

¿Cómo así?

¿Ves que Dios está dividido en tres? Están el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Amén.

El Padre escribió tres libros en los que trataba de explicar cómo vivir con sabiduría: Proverbios, Eclesiastés y el favorito de sádicos y apostadores: Job.

Proverbios es optimista, el Toño Esquinca de la Biblia, tiene consejos para cualquier aspecto de la vida: trabajo, dinero, amor… todo lo que necesitas para llevar una existencia justa, larga y feliz. Como todo buen libro de superación personal, sus resultados no están garantizados, porque el siguiente libro es Eclesiastés.

Milenios antes de Camus y Nietzche, Eclesiastés nos enseña que el tiempo y la muerte hacen que la Vida, así, con V grande, no valga nada. Todos los días trabajamos duro, construimos imperios y desarrollamos tecnología, pero súbete a una montaña y pregúntale si le importa, porque ella ha estado aquí antes que todos nosotros y permanecerá hasta mucho después de que nos hayamos ido. Luego está la muerte, que se lleva a todos: tontos y sabios, ricos y pobres, hasta a los veganos. ¿Dejaste de fumar? Felicidades, también te vas a morir. “Al final todo es Hevel”, dice Eclesiastés. La vida es humo y, cuando tratas de agarrarla, se te escapa entre los dedos. No puedes más que aceptar los regalos del presente: una comida con amigos, un atardecer chingón, un buen meme que te alegre por unos segundos en un día pesado.

Pero aún si la vida parece oscura y misteriosa, la idea general del Padre era que un día Dios revelaría el fin último de esta broma cruel que nos juega a todos. Algo así le dijo a Job.

Job era un hombre justo y temeroso de Dios, pero también afortunado. Tenía hijos, tierras, salud y hasta camellos. Un día llegó ante Dios un personaje llamado Satán, que no era el Diablo. Su nombre en hebreo se traduce a algo así como “el que se opone” o “el contrario”.

Mr. Satán le dijo a Dios que Job sólo seguía las reglas para ser recompensado, pero que si le quitaba todos sus bienes, perdería la fe.

Y Dios, en toda su bondad dijo “va.”

Entonces llegaron unos inmigrantes y se robaron todo el ganado de Job… ¿Ves qué fácil es interpretar la Biblia para fines oscuros?

No importa cómo, pero Job perdió todos sus bienes materiales. Cuando su esposa le dijo, literal “¿Por qué no maldices a Dios y te mueres?” él le respondió “ps ni pedo, llegué desnudo a la Tierra y así me voy a ir.”

Pero luego Job perdió a sus seres queridos y una severa enfermedad le llenó el cuerpo de úlceras. Ahí sí, se sintió tan mal que dijo, literal “¿Dios, por qué no le cerraste el útero a mi madre?”

Total, que llegaron de visita los amigos de Job, tres sabios que igual podrían haber sido tuiteros, porque uno de ellos le dijo “pues algo habrás hecho” y otro le dijo “¿Qué tal que Dios te hace esto por tu bien?” Al tercero sólo le faltó preguntar “¿pues cómo ibas vestido?” Job les dijo que se equivocaban y ellos se fueron a resolver otros problemas con su opinión.

Ojo, porque la Biblia dice que estos tres payasos estaban equivocados, pero se rehusa a darnos una explicación. Esta resistencia al significado es fundamental cuando tratamos de explicarnos cualquier tragedia, desde un feminicidio hasta el Holocausto.

No hay un significado más profundo detrás del sufrimiento.

Al final Job le exige a Dios una explicación y Dios se le aparece para mostrarle la infinita complejidad del universo: los ciclos alimenticios, los vientos, las mareas y cómo todos estos intrincados sistemas se conectan uno con el otro. Al final Dios le dice “¿Dónde estabas tú cuando hice al mundo? ¿Tú crees que es muy fácil ser Dios? A ver si muy chingón, haz que el Sol salga mañana. ¿Cómo, no puedes? No, ps sí, me imaginé. Entonces cállese.”

Normalmente nos enseñan esta parte de la Biblia como una separación entre Dios y el hombre, pero suena más a un Dios confundido que le dice a Job “¿Tú crees que tú estás sufriendo? Yo hice todo. Yo soy omnipotente y ni yo se lo que está sucediendo”.

¿Por qué Dios permite que exista el mal si es tan bueno? La vieja explicación era que los humanos no podemos comprender el plan divino, pero nuestros males actúan como engranes indispensables de un mecanismo universal. El mundo es como una pintura impresionista y la estamos viendo desde muy cerca, pero si nos alejamos un poquito, descubriremos que la masacre de Ayotzinapa, la hambruna en Yemen y el genocidio de los Rohingya, todos son parte indispensable de un plan perfecto que sólo Dios en su sabiduría puede ver.

¿Qué mamadas, no?

Por eso Jesucristo estaba tan emputado.

Pinche Cristo, era un hippie muy sabio. Hasta dan ganas de creer en la magia cuando lees su historia. Imagina al Padre, confundido y aterrado por su creación, que en un momento de valor decide saltar a ella, y a ver qué chingados pasa.

Ahí es cuando llega El Hijo.

Los judíos esperaban a un rey, pero llegó este niño bastardo, hijo de una mujer virgen, en medio de burros y vacas. Nada tenía sentido, como la vida misma.

Su mensaje era para los enfermos, los pobres y los oprimidos. Entre sus discípulos había un pescador, pero también un recolector de impuestos que trabajaba para los romanos y un guerrillero que se oponía al imperio. Estos hombres debían ser enemigos según su posición en la sociedad, pero Jesús les dijo que para seguirlo debían abandonarlo todo, que no se llevaran ni una muda de ropa. Ellos descubrieron que tenían algo en común: prefirieron seguir a este hippie que seguir con sus antiguas vidas.

En un mundo lleno de odio, el mensaje de Cristo era revolucionario: ama a tus enemigos. Es fácil ver al prójimo en los menos afortunados, pero también está en Peña Nieto y Callo de Hacha. 

La revelación de Cristo es genial: si Dios está en todos lados, también está en mí; si él lo hizo todo, entonces soy su hijo… pero también Donald Trump, también la ex que me robó un perro y ese wey que va a votar por el PAN. Dios está en todos ellos porque ellos y yo somos uno mismo.

UOOOO UUUUO

Por eso cuando algún listillo le dijo “oye, ya perdoné siete veces, como dice la Biblia, ¿ya puedo ser un culero?” Él le dijo “Tienes que perdonar setenta y siete veces siete”. Y no, no puedes ser un culero después de perdonar 539 veces. Jesucristo quería decir que nuestra compasión debe ser infinita.

El amor cristiano no es caridad. Él mismo dijo “Yo no vine a traer paz al mundo sino una espada.”

Cristo no quería que le diéramos el cambio que nos sobra al niño que vende chicles en el crucero, Cristo quería que lucháramos para eliminar las condiciones que hacen la pobreza posible, que corriéramos a chingadazos a los cambistas de monedas del patio de nuestros templos.

Cristo dijo que “Si alguien viene a mí y no odia a su padre, a su madre, a su esposa, hijos, hermanos, hermanas y hasta a su propia vida, entonces no puede ser mi discípulo” porque el orden jerárquico de la sociedad no es la realidad última. Mira por tu ventana, el mundo está jodido y sólo lo vamos a arreglar con amor. Amor divino, como el que explica Kieerkegard, ese que puede hacerte matar… ¡por amor!

Todos podemos ser iguales sin esperarnos al paraíso, pero hay que luchar por esa igualdad, aquí y ahora. Por eso mataron a Cristo, solo y en medio de dos delincuentes, como a un buen camarada.

Por eso gritó “¡Padre! ¿Por qué me has abandonado?” Pero no lo descubrió en la cruz. Él ya sabía desde el principio que estamos condenados a ser libres y que no hay un Dios que vendrá a salvarnos. Tendremos que salvarnos nosotros mismos.

No podemos confiar en Dios, Dios tiene que confiar en nosotros.

Y ahí es cuando llega el Espíritu Santo.

Después de que mataran a Cristo, un par de sus discípulos se alejaban del pueblo, confundidos, cuando un extraño comenzó a caminar junto a ellos. El extraño era Jesús pero no lo reconocieron. Más tarde, mientras compartían el pan, se dieron cuenta de que ahí estaba.

No era el Hijo y no era el Padre, pero sí. Era el Espíritu Santo: un colectivo de personas que creen, sin garantía alguna, que ahí donde ellos comparten el pan y se aman los unos a otros como a sí mismos, ahí vive Dios.

Cierto, hay que ser ateo para ignorar a la tribu iracunda y escuchar el mensaje real del cristianismo. Pero también es necesaria la experiencia del cristianismo para ser genuinamente ateo, sin reemplazos baratos para el Gran Otro.

Mira a la Unión soviética, donde prohibieron la religión, pero la gente aún tenía esta fe ciega en Stalin y el Partido Comunista, ese Gran Otro que les garantizaba justicia y un estilo de vida. Mira al budismo, que aún piensa que los males del mundo son parte de un balance cósmico que se resuelve solito, indiferente a nuestro sufrimiento.

Mira el capitalismo, que nos asegura que si movemos pixeles todo el día para algún millonario y no nos preocupamos por nadie más que por nosotros mismos, un día tendremos nuestra recompensa… bueno, el 23% de la población que podrá retirarse.

Hay que ser ateo y hay que ser cristiano para entender que somos criaturas frágiles, perdidas en un mundo hostil, sin más aliado o responsabilidad que nuestro prójimo. Si queremos un paraíso, tendremos que construirlo aquí, nosotros mismos.

Friedrich Nietzche

“God is dead. God remains dead. And we have killed him. How shall we comfort ourselves, the murderers of all murderers? What was holiest and mightiest of all that the world has yet owned has bled to death under our knives: who will wipe this blood off us? What water is there for us to clean ourselves? What festivals of atonement, what sacred games shall we have to invent? Is not the greatness of this deed too great for us? Must we ourselves not become gods simply to appear worthy of it?”
150 150 Dave

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